El regalo que lo inicio todo
Un robot de juguete fue mi regalo de navidad a los 10 años. Un juguete que anhelaba desde hacía tiempo, por las series de televisión y esa ingenua creencia de que lo que se veía en pantalla era la realidad de otra parte. Ahora en mis manos podría tener ese amigo de lata que me acompañaría a todas partes y tendríamos conversaciones sobre lo que él supiera y sería mi cómplice de juegos que otros niños no entenderían.

Un robot de juguete fue mi regalo de navidad a los 10 años. Un juguete que anhelaba desde hacía tiempo, por las series de televisión y esa ingenua creencia de que lo que se veía en pantalla era la realidad de otra parte. Ahora en mis manos podría tener ese amigo de lata que me acompañaría a todas partes y tendríamos conversaciones sobre lo que él supiera y sería mi cómplice de juegos que otros niños no entenderían.
Cinco minutos después yo estaba llorando en mi cama porque ese juguete no me respondía nada de lo que le decía y mucho menos seguía mis instrucciones. Era la representación explícita en un metal doblado con pintura de una vaga sombra de mis ilusiones de un robot de televisión.
La frustración se convirtió en curiosidad y la curiosidad en preguntas. La electrónica fue una primera respuesta a mis once años y por aquellos azares de la vida, pude conocer un computador a los doce años.
Definitivamente no era viable a mis cortos años alcanzar a pensar en construir un robot electrónicamente, pero al ver lo que hacían los computadores, si tenía más acceso a considerar crear lo que realmente era importante en un robot: su cerebro.
El tener un Commodore 128 (el 128 era la memoria RAM en Kb), me abrió las puertas al mundo de la computación a los doce años. Armado con su manual y un diccionario de Inglés-Español, me pasaba horas tratando de crear algoritmos que me llevaran algún día a crear un cerebro que me hablara como lo veía de las películas.
Sin saber siquiera que el término de “Inteligencia Artificial” existía, ya estaba encaminado a imaginar datos y algoritmos para hacer preguntas, dar respuestas, crear matrices, laberintos de ideas, soluciones complejas a problemas de datos, diccionarios de traducciones y por último música. Pero no para crear música, buscaba como emular las notas que podía generar mi Commodore 128 para que parecieran vocablos y con una mínima línea de texto en una pantalla verde, unas notas musicales sintetizadas parecían decir “Hola Iván, cómo estás?”
Pero fue más fácil abandonar el colegio católico en el que me encontraba, viajar por toda Colombia conociendo sus más lejanas tierras, leerme toda las obras de Agatha Cristie, Gabriel García Marquez y cientos de libros más, habilitar mi bachillerato ante el ICFES pasando un grado cada seis meses en un examen que duraba todo un fin de semana, sobrevivir a una depresión a los 18, ser un ermitaño en las selvas del Pacífico y ser un alcohólico casi por 6 meses, ser profesor de Ecoturismo, un matrimonio fallido, pasar por varias empresas y tener más de dos quiebras antes que crear ese cerebro del robot que quería construir.
Lo que realmente me faltaba era que la tecnología me alcanzara, me diera un respiro mental y comencé a escribir todas mis ideas en cuadernos de notas.
El 30 de diciembre del año 2000, luego de una semana sin descanso, hice mi primer chatbot. Justo a tiempo para ir a cantarle el feliz cumpleaños a mi padre que estaba muy enfermo por esos días.
Le puse SAB.IA. Nombre que le cambié rápidamente a SOF.I.A. gracias al consejo de un romance que conocí por esos días, quien es ahora la inspiración para todos mis días, mi esposa, novia y cómplice de mi inquieta mente. Es gracias a ella precisamente, que me dió la idea que ese software era una oportunidad de negocio, porque hacía y respondía temas, tal cual lo hacía ella en un Call Center donde trabajaba en aquel entonces. (Gracias por tu consejo, amor). Nunca fue un nombre de marca, pero hubo entidades que si querían usar ese nombre como marca y nos obligaron a renombrarlo. Hoy por hoy se llama AIMIA.
Fueron 12 años de evangelización en eventos, ferias, conferencias, ruedas de negocios, ecosistemas de emprendimiento, para tratar de vender algo que nadie entendía para qué realmente servía. Hasta que llegó algo llamado “Inteligencia Artificial Generativa” y los que no eran creadores se volvieron creadores de cosas que no crearon, vendiendole a todo el mundo la idea que todos podían ser creadores y ganar dinero con creaciones que no crearon. Y no hay nada en este mundo que mueva más economías que una “fiebre de oro”, así sea digital.
Y sí, ahora trabajo con IA, de la mano de mi esposa y todo un grupo de colaboradores, con nuestro propio motor de IA desarrollado durante varias décadas, en la empresa que hemos formado para tal fin desde el año 2009: Solutecia SAS (Solutecia es el acrónimo de Soluciones Tecnológicas en Inteligencia Artificial).
Igualmente soy un crítico de la tecnología y un analista del avance de la misma. A raíz de eso, mi equipo y yo estamos convencidos que el desarrollo de software tal como lo conocemos va a cambiar drásticamente en los próximos años (o meses), al punto que nos hace replantear nuestras carreras profesionales. Y es por ello que pienso en un retiro paulatino luego de 43 años de haber empezado a crear software… Mis próximos proyectos están alineados a la otra pasión que siempre me ha acompañado: escribir.
